¿Y si ya fueras suficiente?
Hace unos días tuve una conversación preciosa con mi prima, Amparo.
Me estaba contando una formación sobre autocuidado que había realizado recientemente. Una de esas formaciones que no solo te aportan conocimientos, sino que también te hacen mirarte por dentro.
Mientras hablábamos, me llamó la atención algo que repetía de diferentes maneras.
Había cambiado.
Había aprendido.
Había incorporado nuevas herramientas.
Había mejorado aspectos de su vida que antes le generaban malestar.
Pero, cuando le pregunté qué había sido lo más importante de todo el proceso, su respuesta no fue ninguna técnica, ni ninguna estrategia, ni ninguna fórmula mágica. Fue algo mucho más sencillo:
«Aprender a aceptarme tal y como soy».
No desde la resignación. No desde el «soy así y no puedo cambiar».
Sino desde un lugar muy diferente.
Desde la comprensión.
Desde la amabilidad.
Desde dejar de luchar contra sí misma.
Y me pareció hermoso porque, curiosamente, cuanto más se ha aceptado, más ha crecido.
No porque quisiera convertirse en otra persona, sino porque dejó de gastar tanta energía intentando corregirse constantemente.
Durante nuestra conversación apareció un tema que veo continuamente en mis encuentros y también en las redes sociales.
Vivimos rodeados de recetas para ser mejores.
Hay que madrugar.
Hay que meditar.
Hay que hacer ejercicio.
Hay que emprender.
Hay que sanar.
Hay que salir de la zona de confort.
Hay que encontrar nuestra mejor versión.
Y, aunque muchas de estas propuestas pueden ser útiles, a veces me pregunto si no nos estamos perdiendo algo importante por el camino. Porque detrás de tantas fórmulas suele esconderse un mensaje silencioso:
«Tal y como eres ahora, no eres suficiente».
Como psicóloga, llevo años observando algo parecido.
Muchas personas viven esperando una futura versión de sí mismas.
Cuando pierda peso.
Cuando tenga más confianza.
Cuando controle mis emociones.
Cuando deje de cometer errores.
Cuando consiga esa meta.
Cuando sea mi mejor versión.
Y, sin darse cuenta, aplazan el encuentro con la persona que ya son.
La ciencia, la psicología y el desarrollo personal pueden ayudarnos mucho.
Nos ofrecen herramientas valiosas.
Nos ayudan a comprendernos mejor.
Nos muestran caminos.
Pero hay algo que ninguna receta puede sustituir: el conocimiento de quien eres.
Porque no existe una única forma correcta de vivir.
No existe una única forma correcta de sanar.
No existe una única mejor versión.
Mi camino no es el tuyo.
Y el tuyo no tiene por qué parecerse al de nadie más.
Quizá crecer no consista en convertirnos en otra persona.
Quizá consista en conocernos mejor.
En respetarnos más.
En descubrir qué necesitamos realmente.
Y en aceptar que podemos seguir evolucionando sin estar en guerra con quienes somos hoy.
Mi prima terminó aquella conversación igual que la empezó: siendo ella misma. Pero, de alguna manera, también la vi diferente.
Más tranquila.
Más libre.
Más en paz.
Y pensé que tal vez esa sea una de las formas más bonitas de crecer.
No convertirte en alguien nuevo,
sino aprender a habitarte con más amor.
🌿 ¿Hay alguna parte de ti que lleves tiempo intentando cambiar? ¿Y qué ocurriría si empezaras primero por aceptarla?
La conversación con mi prima no terminó aquí. El próximo miércoles te cuento lo que vino después.
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