Mi experiencia profesional acompañando el duelo

 Historias reales que me enseñaron a mirar el alma

Mi experiencia como psicóloga acompañando el duelo. Historias reales de pérdida, cambio y crecimiento emocional desde la práctica. 




El duelo en la vida y en la profesión: cómo empezó mi camino

Desde pequeña aprendí lo que significaba perder. Primero una mascota, luego mi abuelo cuando tenía nueve años, más tarde mi tío… La vida me enseñó pronto que algunas pérdidas son definitivas y otras son transiciones: cambiar de colegio, dejar el instituto, entrar en la universidad.

Cada una de esas experiencias me acercó, sin saberlo, a la psicología. En 1997 comencé mi camino profesional acompañando a personas en sus trabajos, sus relaciones y sus procesos internos.

El duelo no es solo la muerte. También es cambio, transición, identidad.

Lo que aprendí acompañando a mis primeros clientes

En mis primeros años como psicóloga descubrí algo esencial: para entender cómo vivimos una pérdida, primero debemos mirar cómo vemos el mundo.

Cada persona interpreta la realidad desde su historia, su educación, sus heridas y sus fortalezas. Y desde ahí reacciona a lo que le ocurre.

Por eso, en cada sesión, mi trabajo era —y sigue siendo— acompañar esa mirada.

He trabajado con personas que:

·       cambiaban de trabajo y debían reorganizar toda su vida;

·       perdieron a alguien querido y necesitaban espacio para llorar;

·       atravesaban rupturas que les obligaban a redefinir quiénes eran;

·       vivían cambios corporales que les desconcertaban;

·       terminaban etapas importantes y no sabían qué vendría después.

Cada historia es única. Cada duelo también.

Historias reales que me enseñaron a acompañar el dolor

Cuando una ruptura es también una liberación

Recuerdo a un chico que había terminado con su novia. Él sabía que quería seguir otro camino, pero la costumbre —esa forma silenciosa de apego— le hacía creer que se había equivocado.

Era una relación tóxica. Y cuando logró avanzar, su vida personal y profesional se transformó.

El duelo también es soltar lo que nos hace daño.

Cuando la pérdida es un hogar que ya no está

Acompañé a una chica que había perdido a su abuela. Había vivido con ella porque sus padres trabajaban mucho, y ahora no sabía cómo seguir sin esas conversaciones que le daban sentido a sus días.

Su duelo era también la pérdida de un lugar seguro.

El duelo es perder a alguien, pero también perder un espacio emocional.

Cuando el cuerpo cambia y la identidad se mueve

Conocí a una mujer que estaba entrando en la menopausia. Su cuerpo ya no reaccionaba como antes, y ese cambio la confrontaba con una pérdida silenciosa: la de una versión de sí misma.

Acompañarla fue acompañar su transición, su duelo hormonal, su nueva identidad.

Cuando terminar una etapa da vértigo

Una chica terminó la universidad y no sabía si sería feliz. No había muerte, no había ruptura, no había enfermedad. Pero sí había una pérdida: la de una etapa que la había definido durante años.

El duelo también aparece cuando la vida nos pide crecer.

Lo que todas estas historias me enseñaron sobre el duelo

A lo largo de los años comprendí que:

·       no hay duelos pequeños;

·       no hay duelos iguales;

·       no hay finales felices ni tristes;

·       solo hay caminos.

Cada persona sigue su recorrido, descubre sus fortalezas y aprende a sostenerse de una manera nueva.

Mi papel nunca fue “arreglar” nada. Fue acompañar, escuchar, sostener, iluminar rincones que la persona no veía.

El duelo no se supera. Se integra.

Después de compartir mi experiencia personal y profesional, en el tercer texto exploraremos qué dice la ciencia sobre el duelo:

·       qué ocurre en el cerebro cuando perdemos a alguien;

·       cómo se reorganiza nuestra identidad;

·       por qué el duelo no es lineal;

·       qué herramientas basadas en evidencia ayudan realmente.

Será la parte más técnica, pero también reveladora.

Si estás viviendo un duelo —sea grande o pequeño— recuerda que tu historia importa. Y que no tienes que transitarla sola.

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